Madres en terapia

Hace pocos días hablaba con mi mamá sobre cosas de la crianza, sobre la cantidad de preguntas que nos vamos haciendo las madres y sobre las veces que necesitamos hablar con alguien sobre nuestros temores. Le decía que aunque a veces soy media fanática de replantearme las decisiones que voy tomando, creo que detrás de las preguntas que nos hacemos las madres hay algo sano. Sentir que tenemos certezas y seguridad en la maternidad es mentirnos a nosotras mismas.

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Gracias Ma!!

Habiendo criado cuatro hijos, ella muchas veces nos dice, a mí y a mis hermanas, que no existe una única receta para criar a los hijos. Pero se notan diferencias generacionales, diferencias propias de una y otra época. Aunque no siempre lo pensemos, las particularidades de la vida actual plantean una diferencia drástica con respecto a la generación de nuestros padres.

En las grandes ciudades el día a día ha cambiado mucho. Ni hablemos de los tiempos extensos (y generadores de ansiedades) que nos lleva trasladarnos de un lugar a otro en cualquier medio de transporte. Pero además, se han sumado avances tecnológicos, más ocupaciones, intereses propios, vínculos que queremos conservar, valores que se exaltan en la sociedad. No digo que sea mejor una u otra época. Creo que las mujeres hemos conquistado grandes terrenos, pero estamos perdiendo otros…

A lo que quiero llegar es que, por mucho que mi mamá esté presente, acompañe y me escuche, y aún cuando esto mismo les suceda a otras muchas madres, no alcanza. Porque nos suceden muchas más cosas que lo que ellas desde su experiencia de madres nos puedan asesorar o acompañar. Así es como hoy somos cada vez más, las que necesitamos recurrir a un espacio propio de terapia.  Esto es algo que vengo observando, una tendencia cada vez más grande a que los consultorios de psicólogos estén ocupados por pacientes madres. En otros casos, les resulta imposible hacerse de un tiempo para esto y andan sobrepasadas a diario.

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Madres hiperexigidas que necesitan un momento donde todo se reordene. Psicólogos que brinden su escucha. Un lugar y un tiempo que nos ayude a enfocarnos en lo importante, distribuir las energías más o menos armónicamente. Para no sentirnos “consumidas”, justamente en esta sociedad tan locamente consumista.

A veces sentimos que pasan mil cosas en un día, o que las presiones del día a día nos dejan más irritables y vulnerables… y necesitamos llegar a casa más tranquilas y dispuestas para atender las necesidades de nuestros hijos o para relajarnos y jugar con ellos. Es genial sentir que tenemos una red de sostén en la familia, pero a veces no alcanza. A veces necesitamos un otro imparcial que nos escuche, oriente, nos frene, nos haga observaciones sobre lo que hacemos si fuera necesario, desde una mirada profesional y en un rol terapéutico. Además esto nos ayuda a que no aparezcan otros malestares en el cuerpo, como el insomnio, las cefaleas, la hipertensión, la anemia, los trastornos alimentarios, las tensiones musculares, todos padecimientos tan propios de estos tiempos.

Más allá de algunos fanatismos o de las vicisitudes de la vida de cada una, la recurrencia de la asistencia de las mujeres a terapia es un indicio que algo nos está diciendo. Tal vez sea una característica de esta generación, tal vez sea una necesidad de frenar con el acelere cotidiano, tal vez lo hagamos por nuestros hijos, por una indicación médica, por una necesidad del momento, por una etapa de crisis. Tal vez nunca lo hayamos pensado hasta que fuimos madres o tal vez sea una práctica habitual en nuestras vidas. Lo cierto es que somos cada vez más quienes lo necesitamos, eso no lo podemos negar.

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¿Y qué podemos hacer? Creo que las opciones están a nuestro alcance, sólo depende de nosotras jugarnos un poquito más por lo que queremos. Por un lado, está la posibilidad de cambio. Un cambio de trabajo, una mudanza, cambio de colegio de nuestros hijos, elecciones como trabajar de manera independiente, armarse un emprendimiento, o buscar ayuda en otras personas que cuiden por unas horas a nuestros hijos. Con todo, sigue siendo lo más sano recurrir a un buen psicólogo. Un profesional que nos brinde una escucha atenta y afectuosa, que nos ayude a ver caminos no andados, que no llore con nosotras pero que se conmueva con nuestras batallas cotidianas. Principalmente que nos permita cambiar el aire, ese tan agitado que traemos del trabajo, para entrar a nuestras casas limpias de tensiones y estar listas para “abrir la puerta para ir a jugar”. Nunca fue más oportuna esta estrofa del “Arroz con leche”.

Notarán que, en pocas sesiones, ese espacio para una misma se convierte en un ritual de sanación, como los de las tribus más primitivas. Quizás esta vorágine de las grandes ciudades nos esté volviendo cada vez más primitivos, más vacíos de sentimientos y más cazadores de oportunidades.

Notarán cómo en ese espacio, se va construyendo una energía especial que nos baja a la tierra y no nos deja volando en un limbo idealizado, sino en una realidad más armónica para nuestras vidas. Para brindarles a nuestros hijos una infancia feliz. Esa es nuestra responsabilidad.

LAU

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