Ser faros (o encontrarlo)

Yo pinté este cuadro. Lo veo y me pienso para atrás en el tiempo. Aquello andando y esta pintura en un momento clave en mi vida. Ya alguna vez les conté que cuando me recibí de Psicopedagoga me fui a vivir al sur a trabajar en medio de la estepa patagónica. Ahora me miro entre esas pinceladas y me reconozco distinta… Pero la cuestión es que en esos años de búsquedas y desafíos que me proponía, estuve yendo a clases de pintura. Tenía tiempo libre y necesidad de encontrarme con lo mejor de mí por medio de alguna expresión artística. Fue terapéutico, un cierto modo de sublimación de toda esa energía que fluía buscando rumbo. ¿Por qué un faro? Me acuerdo que fui un día a verla a mi profe con un bastidor nuevo y le dije “lo que yo quiero pintar es un faro, pero uno lindo, alegre”. Quería mucha vegetación ¡y luz! Elegimos una imagen y salió este.

Un cielo luminoso, un mar bravo, una pequeña comunidad y un faro que pudiera mirar alto y dar más luz. Salió sin analizar los motivos de esta elección, pero ahí había algo que me representaba en ese momento de búsqueda. Uh! ¡Qué fuerte volver la mirada atrás y reconocer eso que necesitaba vivir!

Pasaron años, experiencias, encuentros y desencuentros, el viaje de regreso a la capital y nuevas búsquedas.

Hoy, revolviendo el placard en el que guardo las cosas que fueron importantes, me encuentro con otro punto de vista de esa imagen que andaba buscando. Hoy me siento representada en ese faro que quise empezar a construir años atrás. Hoy me siento a veces dudosa de mis elecciones, pero con una enorme responsabilidad de ser guía, para mi hija y en mi profesión, que fue justamente la que me llevó a recorrer caminos desconocidos. Crecer, cambiar, adaptarnos, frenar, seguir, evolucionar…

Ser o hacer luz… todos la necesitamos cada día al encarar nuestras ocupaciones. La cuestión es que esos años andados cobran otro sentido hoy. ¿Simplemente por el paso del tiempo? No, también por experiencias vividas, por lo fuerte que a veces pega la vida, por la crudeza de algunas vivencias y los aprendizajes que me dejaron y también por algunas conquistas. Porque lo que quisiera ser y dejar en esta vida es la calma que representa esa luz del faro.

¿Si lo hago bien? Y, la verdad es que no siempre estoy segura de estar haciéndolo bien, pero como en ese continuo de iluminar y ser iluminado a veces los roles se desdibujan y como en realidad quiero dejar que la vida me ilumine, me entrego a ese fluir intenso de la vida. Y justamente por eso, este espacio. Hace un tiempo hablaba con una amiga sobre el contenido que escribo y me devolvió una palabra que amé: “sosiego”. Espero que sea eso lo que transmita a muchas, porque yo también espero eso en la vida.

“El faro ilumina, y su luz es la confianza que irradia. Y esa luz es la interioridad de los padres, lo que de ellos emerge, lo que son y lo que sienten en relación con la vida. Ni más ni menos que eso.

Los hijos se sostienen en la luz, en ese punto que habla de la existencia de “otro” (el padre, la madre) que acompaña, que está allí, dispuesto, que tiene en cuenta al navegante y le ofrece ese mínimo punto a partir del cual se podrá mover al Universo.”

Del libro de Miguel Espeche, “Criar sin miedo”

Ser faro o encontrar un faro. Lo que importa acá es la metáfora de la guía en medio de un mar abierto. Poder ser, hacer y encontrar luz, para vivir una existencia digna de confianza, para crecer y adaptarnos a esas corrientes bravas que trae a veces el mar y para saber hacer “la plancha” cuando está en calma.

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