Los diagnósticos en la infancia

Como Psicopedagoga me gusta compartir algo de lo que sé en el blog, con temas que inviten a la reflexión, a tomarse un tiempo para pensar sobre la infancia. Por esto me parece interesante acercarles algo de lo que está sucediendo actualmente con los diagnósticos de las patologías en la infancia.

Considero que si podemos tomar una posición y una postura crítica y comprometida al respecto, estaremos construyendo una visión esperanzadora sobre el futuro de nuestras infancias de hoy. Cada uno desde su lugar puede sumar (o restar) un granito de arena y, especialmente, los profesionales que trabajamos con los niños desde los ámbitos de educación o salud. Tomemos el juego como principal fuente para pensar la infancia, habilitando espacios y tiempos de juego con pares, más que espacios y tiempos con adultos en centro terapéuticos o de rehabilitación. En tiempos en que los centros de tratamiento de niños abundan y se reproducen a pasos agigantados, me parece necesaria esta aclaración y algo de reflexión sobre el tema.

Actualmente, nominar las conductas de lo que les sucede a los niños se ha vuelto extrañamente indispensable. Y peor aún, utilizar nombres de diagnósticos clasificados hasta el más extremo detalle, categorizar conductas, estandarizar pautas evolutivas para delimitar un margen de “lo normal”, termina siendo llevado a un uso excesivo. Pero debemos tener claro que buscar una norma que funcione como parámetro aplicable a todos, termina siendo un imposible. Porque así se omite considerar las realidades individuales y sociales, subjetivas, vinculares y familiares, que atraviesan la vida de cada niño. Y agrego algo más que sé que puede ser controvertido… las imágenes que abundan en las redes sociales de muchos blogs, marcan también una gran diferencia; porque sobre- exponen a los hijos a una catarata de fotos y le agregan tips (palabra que ya muchas sabrán que no me gusta nada!) como si eso funcionara de igual modo en cualquier niño y en cualquier contexto, o como si se considerara que todo el público asume las mismas ideas como las únicas válidas. Debemos estar un poco más alertas con toda esta actualidad tan virtual que circula cada vez con más frecuencia, por el público al que puede llegar, por la diversidad de infancias. Pero volvamos a lo que nos convoca hoy.

Ese afán por nombrar comportamientos bajo rótulos o estandarizaciones, nos alerta a quienes trabajamos con la infancia y nos llama a todos a la reflexión sobre lo que estamos haciendo con nuestros niños. Sobrediagnósticos, diagnósticos muy precoces, nombres que no hablan del sufrimiento del niño, etiquetas que mencionan a veces aspectos propios del desarrollo. No me voy a referir aquí a los síndromes genéticos ni a las causas neurológicas de algunas patologías que suceden en la gestación o en el parto, ya que son otras las vicisitudes que afectan a tales diagnósticos. Sin embargo, existen ciertas clasificaciones de patologías conductuales, subjetivas, educativas que nos llaman a pensar en la mirada que ponemos a los niños… hay algunos diagnósticos que no nos hablan de lo que le sucede a ese niño en particular, de sus miedos, inseguridades, de sus sufrimientos, sus angustias. ¿Qué quiero decir con esto? Hay muchos autores que estudian los comportamientos de los niños y piensan más allá de lo observable. Un niño hiperactivo, un niño que se aísla, un niño que “no logra” lo esperable en los aprendizajes escolares, son ellos muchas veces niños angustiados. Un berrinche, una situación de esas que se nos vuelven difíciles de manejar a los padres, es también un pedido de mirada (o también de escucha, de atención o de quietud). Así, un diagnóstico en una etapa de la vida en que la estructuración subjetiva se encuentra en desarrollo, es más bien un golpe, una agresión a ese devenir propio del tiempo de la infancia.

Las patologías que comienzan en la infancia están íntimamente vinculadas al estilo de vida que llevamos. Cada época lleva su impronta y ésta incide directamente en los estilos de ejercer los roles sociales: mujeres, hombres, trabajadores/as, madres, padres, hijos… Justamente, hoy que la comunicación ha pasado a ser el centro de la vida, no es casual la alta incidencia de concurrencia a tratamientos fonoaudiológicos desde los primeros años de vida. Los niños hoy tienen que poder también estar comunicados y tienen que poder hacerlo con claridad. Los niños hoy tienen que poder adaptarse a una realidad a veces muy violenta, que impone modas sin pedir permiso, que expone la intimidad, que se desacostumbró a hablar mirando a los ojos… pensemos las adaptaciones que les proponemos a los niños.

Esta sociedad está excesivamente adultizada. Por mucho que queramos poner el foco en los niños, por mucho que queramos exaltar el lugar de la infancia, muchas veces lo que les pedimos son comportamientos que no se corresponden con su edad cronológica ni madurativa. Esto se ve en un exceso de adaptaciones, en un incremento de las horas que están en las instituciones educativas, en la cantidad de actividades que realizan, en el incremento de exigencias que se traslucen en comportamientos y conocimientos a veces muy precoces. Todo esto nos llama a los adultos a reflexionar…

Creo que es necesario tomarnos una pausa para pensar si el torbellino de imágenes y palabras, el auge de las redes sociales virtuales, van o no de la mano de aquellos valores que queremos que desarrollen nuestros niños. Y si algo de esto que menciono, nos invita a repensarnos, sería maravilloso como primer paso para el cambio…

Ser padres y madres es un acto de creación, de crear vida todos los días. Es complejo y es arduo, pero es además un acto de responsabilidad. En el torbellino de actividades y vivencias diarias con el que se vive hoy, es aún más complejo hacerse tiempos; pero debemos rescatar la posibilidad de conexión cara a cara, de empatía, de relaciones afectivas duraderas. Es posible para todos!!

Tal vez sea necesario corrernos de lugar, de ese lugar a veces muy egocéntrico, narcisista, con un ideal de perfección complejo, con estándares esperables difíciles para todos los niños. Tal vez ahí podamos sorprendernos, con lo que ellos pueden hacer sin la exigencia por delante. ¿Será cuestión de correr de foco la óptica?

Los rótulos, etiquetas, categorizaciones y estándares no nos hablan del tiempo que cada niño necesita. Sí, cada niño tiene su tiempo. Un tiempo que merece ser respetado. Porque lo que está ahí en juego es toda una vida por vivir…

Dejemos que esa vida sea una aventura con aciertos y desaciertos, porque de allí se aprende. Y como siempre digo: aprendizajes hay a lo largo de toda la vida. No perdamos nunca la capacidad de asombro; sólo así podremos ver lo que no queremos y podremos cambiar.

Lau

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