Crecer

Mientras nuestros hijos van creciendo, nosotros, padres y madres, los vamos acompañando en cada etapa, cada nuevo logro, cada nuevo aprendizaje. Cada conquista es también la posibilidad de un paso siguiente. Sucede que no hay momento en que ello se detenga. Esa es la característica propia del concepto de evolución. La infancia es un tiempo en desarrollo continuo. Es un paso tras otro y otro más…

Esto es notoriamente significativo durante el primer año de vida. En cuestión de un año solamente, pasan de una postura totalmente dependiente del contacto cuerpo a cuerpo, a la posición erguida propia de la marcha. Pero ahí no se acaba esa historia de aventuras, porque a partir de esos primeros pasos, siguen más y más cambios que van llevándolos hacia una autonomía cada vez más completa (y compleja). Ahí, cuando los vemos tan independientes, cuando los vemos entrar al jardín solitos, o cuando comienzan la primaria, caemos en la cuenta del tiempo pasado, de lo vivido y lo alcanzado, por ellos y nosotros.

No es que no seamos conscientes del crecimiento; sino que como en los primeros años de vida suceden los grandes hitos del desarrollo, los padres nos sumergimos en una especie de adrenalina sin parar. Nos metemos de lleno en un continuo de descubrimientos y sentimos que el tiempo pasa a contar de otra manera. Mientras aprenden ellos, aprendemos nosotros. En ese contexto repleto de aprendizajes nuevos, cada uno se apropia de un modo de ser, de un estilo de ejercer la función de madre y de padre. En esos primeros años, se forman muchos de los grandes hitos del desarrollo, tanto para los niños como para los padres. Pero no se termina ahí la historia.

La Psicología del Desarrollo es la rama de la psicología que estudia las distintas edades y etapas de la vida. Particularmente enfoca su mirada en el análisis de la infancia y la adolescencia con sus características propias. Sucede que en gran parte, allí es donde el desarrollo acontece continuamente y donde la evolución, tanto física como psíquica, logra su maduración más completa. Aporta gran claridad leer (o releer) algunos libros del tema para comprender más completamente esta noción del tiempo que nos atraviesa tan especialmente a las madres. Sí, es que maternar es dar vida siempre, durante toda la vida. Este término (el de maternar) sobre el ejercicio de la función materna y su equivalente para la función paterna, son los que mejor explican las complejidades de cada rol.

Reitero la noción de “complejidad” porque ser padres no es una línea recta sin declives o vaivenes, sino más bien una montaña rusa de emociones que van y vienen, que cambian, que implican varias tareas. Y también mientras suceden los grandes cambios en la infancia y adolescencia de los hijos, nos vamos descubriendo a nosotros y redescubriendo esos niños que fuimos. Porque ser padres es incluso una invitación a revivir la propia infancia.

Como dice la canción del genio de Serrat:

“Aprovecharlo o que pase de largo, depende en parte de tí…”

Aprovechar esas oportunidades de vivir lo sorpresivo e inesperado, está al alcance de nuestras manos. Allí mismo, en lo sorpresivo, en lo que no podemos manejar, en lo que nos deja con la boca abierta, allí están las oportunidades para nutrir de significación la vida de nuestros hijos. No dejemos que pasen de largo esos momentos sin revestirlos del significado tan importante que tienen.

El ejercicio de la función materna y paterna va más allá de las teorías de crianza de moda, de tantos “tips” que abundan en las redes sociales. Es que está lleno de avatares, de tropiezos, de equívocos. Hay también situaciones que no quisiéramos que pasen nuestros hijos, como por ejemplo operaciones, necesidad de tratamientos específicos, aprendizajes escolares que transcurren con dificultades. Dejémonos de “vender” la maternidad, la paternidad y la crianza como algo exclusivamente revestido de romanticismo.

¿Podemos ver el torbellino de vivencias diarias? ¿Podemos hacer de eso algo más que una secuencia de rutinas? ¿Podemos repensarnos, revernos o revisarnos como madres? Cada tanto podríamos preguntarnos si estamos conformes, para evaluar qué modificar, para poder rearmarnos si es necesario y reinventarnos. Repensarnos más allá de la función del cuidado, disponernos a aprender, corrernos del lugar de certeza, sin decretar todo por sabido.

Por muy complicadas que parezcan algunas etapas, todo pasa y de todo se aprende.

Es en la infancia cuando se tejen las tramas más delicadas de la vida y ahí es donde podemos estar nosotros, padres y madres, entramando esas bases tan finas y sutiles; porque justamente son fundacionales, son las que abren la puerta a la vida todos los días. Y esa puerta se abre con constancia, con mirada, con palabras, con espacio, con dosis similares de dedicación, de esfuerzo y de amor.

LAU

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